por el Dr. Joaquín S. de Anchorena1

En ciertas horas del día, el Cerro San Bernardo proyectaba su larga sombra sobre el modesto caserío salteño en que vio la luz, a comienzos del año 1863, un niño que luego continuaría, en el solar nativo y en el ámbito nacional, la tradición patricia que le venía de sus mayores, personalidades de actuación singular en el período virreinal, y más tarde en las guerras de la independencia y de la organización política argentina. Damián M. Torino fue aquella criatura, venido al mundo, precisamente, entre los años inciertos en que acababa de organizarse constitucionalmente el país, pero no estaban concluidos todavía, con la capitalización de Buenos Aires, los fratricidas antagonismos entre provincianos y porteños.

Como por designio superior, Torino ingresa en la Facultad de Derecho bonaerense el propio año de 1880, en que fue dictada la Ley de Capitalización. Desde la gran ciudad que ya entonces se gestaba, el hijo de la montaña asistió al creciente desarrollo del litoral argentino. Tuvo así del país, por obra de aquella circunstancia, una visión panorámica, lejos del miraje estrecho que es peculiar de los que nunca salieron del terruño. Y su espíritu se fue moldeando en las disciplinas del estudio, bajo la influencia rectora de la generación de varones más brillantes que la República ha tenido, con excepción de los hombres que actuaron desde los días de Mayo hasta el advenimiento de la Tiranía.

El Doctor Torino adquirió, de ese modo, una visión integral de su patria. Le preocuparon, en idéntica medida, los problemas económicos e institucionales; la ciudad como el campo; la montaña andina y la pampa fluvial, la cultura humanista, patrimonio intelectual de unos pocos, y las orientaciones de la educación común, accesible a la generalidad. Fue, en suma, un espíritu práctico al cual no le eran ajenas las inquietudes superiores. De esta suerte, con un concepto cabal del país y de su época, pudo detenerse a pensar en las directivas que más convenían a la Argentina del futuro. Con tales normas por guía, no sorprende, pues, que sus apreciaciones sobre el problema demográfico y las soluciones que propuso para la colonización de nuestras tierras de pan llevar, constituyan un ideario que aún sería juicioso aplicar sin dilaciones en los días que vivimos. Con lo cual se cumple también, en este caso, el precepto antiguo de que los hombres superiores viven con la preocupación del devenir, siempre adelantados a los problemas de su tiempo.

Aparte de su actuación política, que fue descollante en la provincia nativa y en el amplio escenario nacional, el Doctor Torino prestó señalados servicios a la cultura superior y al progreso agropecuario del país. Para realizar, con el contagioso entusiasmo con que la plasmó, su obra de impulsión por la enseñanza universitaria, debieron actuar en él, con idéntica fuerza creadora, su amor a las cosas de la tierra y la fe de los que asignan, a las influencias del medio físico, un valor trascendente en las expresiones del espíritu.

Es difícil admitir, en efecto, una aptitud creadora sin la coexistencia de un firme baluarte ideológico que la inspire. El materialismo histórico no puede explicar los fenómenos constructivos, tanto del hombre, en su individualidad biológica, como si él actúa en su condición de miembro de un conglomerado social. Adelante de la acción, presidiendo los hechos, va siempre el pensamiento creador, la idea inspiradora, el soplo espiritual sin cuya presencia nada estable han podido realizar en el mundo los endebles recursos de la humana criatura. Y cuando a esa facultad de los entes superiores, se la sabe animada por la emoción de móviles de tanta pureza moral que el utilitarismo no juega ningún rol en ellos, nos hallamos, sin duda, en presencia de figuras que cobran la postura señera de quienes, a la manera del Cid Campeador, continúan dictando lecciones de idealismo desde más allá de la muerte.

Formó su carácter en la disciplina del esfuerzo. Y cuando su labor cotidiana, su solidaria armonía con su recia voluntad, le procuró los medios indispensables para vivir con decoro, todo el excedente de aquella vitalidad generosa lo volcó en la acción pública, en la gestión universitaria, en el bien de los demás. Fue, de tal modo, magistrado recto, periodista singular, político sin dobleces, ministro de iniciativas, abogado de consulta, industrial que abrió rumbos, criador progresista y gobernante ejemplar.

Como buen hijo de su tierra salteña, los problemas del agro no fueron nunca indiferentes a su espíritu. Las cuestiones demográficas e industriales atrajeron sus preferencias. En la recia trabazón de sus ideas, puede seguirse sin esfuerzo la bienhechora influencia del pensamiento alberdiano, preocupado en poblar satisfactoriamente el país, para luego iniciarlo en la corriente de su industrialización. Pero, como hombre del interior, poseía en alto grado la aptitud de contemplar a su patria con el sentido de la perspectiva. Trajo, pues, a la metrópoli, resguardándolas entre los más caros recuerdos de la niñez, las austeras enseñanzas aprendidas en un hogar dignísimo formado por viejas cepas de la latinidad, en el que no fueron desconocidas las inquietudes, las luchas y los sufrimientos que sirvieron de base a la organización política argentina. De su ascendencia, en parte latina, y gran porción hispánica, el Doctor Torino debió formar, sin duda, sus preferencias por la inmigración procedente de España y de Italia. Las ideas de Alberdi de que “poblar es civilizar cuando se puebla con gente civilizada”, se hallaban completadas con el concepto de que para bien poblar al país había que hacerlo con la flor de la población trabajadora de Europa. Podemos decir, sin temor a la hipérbole, que Damián M. Torino poseyó un alma abierta a la cultura de la latinidad que le deslumbraba con el infinito panorama de sus posibilidades y realizaciones.

Conocedor profundo de su tierra y de sus hombres, desde la función pública enfocó con realismo los problemas de gobierno. Vinculaba la regulación de las corrientes inmigratorias con los problemas de la producción y de su fomento. Le preocupó el latifundio, y proyectó medidas concretas para combatirlo, alejando a los propietarios de gran des extensiones de tierra del propósito de conservarlas improductivas, con miras a la especulación. Y formuló, en materia de colonización, una norma que recién ahora comienza a tener efectividad: que en el desierto no deben planearse colonias, aunque tal cosa parezca factible a la ignorancia burocrática. Las tierras con que el Estado ha de iniciar un plan colonizador debieron ser, según él, las mejores tierras del país. De haberse seguido estos preceptos, no nos sería dable contemplar en las cartas geográficas del extremo austral de la República, el delineamiento de enormes extensiones esteparias, a las cuales se adjudicó el inadecuado nombre de “Colonias”. A través de treinta años de distancia, su libro intitulado “El problema del inmigrante y el problema agrario en la Argentina”, conserva todavía una actualidad aleccionadora. Sus ideas, elogiadas reiteradamente por parlamentarios de nota, no han perdido aún su eficacia para mejor orientar el progreso agrario del país en los días que corren. Y en esto finca, precisamente, el mejor elogio que podría tributase a quien concibió ideas y trazó planes que han hecho perdurable su recuerdo.

Con verdadero fundamento pudo afirmarse, hace ahora dos años en un homenaje recordatorio que tributó la Facultad de Agronomía y Veterinaria de Buenos Aires a mi ilustre antecesor en este sillón de la Academia, que son los hombres del interior, como Torino, los que “han dado a nuestro país su ejecutoria, y a su destino un rumbo”. De tal estirpe moral son los varones que nunca mueren, porque sus ideas de bien público mantienen siempre encendido su recuerdo en la memoria reconocida de sus conciudadanos.
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1Semblanza del Dr. Damián Torino efectuada el 23 de septiembre de 1942 por el Dr. Joaquín S. de Anchorena con motivo de su incorporación como miembro de número de la Academia. Buenos Aires, Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, 1942. p. 7-10.