por el Dr. Ezequiel Tagle1

Emilio Solanet nació en Ayacucho el 28 de abril de 1887, hijo de don Felipe Solanet y doña Emilia Gassibayle. Casó con doña María Emma Etchegoyen y de esa unión nacieron sus hijos María Angélica, María Emma, María Emilia y Oscar Emilio.

Inició los estudios universitarios en el año 1904, en el Instituto Superior de Agronomía y Veterinaria, origen de la Facultad en la cual se graduó de médico veterinario en 1908 con medalla de oro, conferida también a la tesis que presentó para doctorarse en 1910. Estudiante en 1906 fue designado por concurso ayudante de Zootecnia y desde entonces alcanzó y mereció todas las jerarquías universitarias. Consejero de la Facultad de Agronomía y Veterinaria en 1918, desempeñó ese cargo ocho años más, el último en 1944. Fue integrante del Consejo Superior Universitario, en representación de esa casa de estudios desde 1925 a 1927 y de 1929 a 1931.

Sus primeros pasos se orientaron hacia la parasitología, especialidad a la que aportó estudios sobre nuevos parásitos detectados en el país, trabajos que culminaron con la recordada y premiada tesis. Sin embargo, sus preferencias se volcaban hacia la zootecnia. De esta materia fue Profesor Adjunto desde 1923 a 1961. Y tuvo también a su cargo el curso de Hipotecnia entre 1941 y 1945. Al año siguiente fue nombrado Profesor Extraordinario en la Cátedra de Zootecnia, que dictó hasta ser jubilado en 1950 y reincorporado al cuerpo docente en 1954.

En tantos años de docencia, muchas generaciones de médicos veterinarios e ingenieros agrónomos asistimos a sus clases y, a través de ellas, valoramos sus cualidades didácticas y conocimientos en la temática de una especialidad que dominaba. La amabilidad con el alumnado y su hombría de bien, generaron perdurables vinculaciones afectivas en la Facultad y fuera de ella.

En su desenvolvimiento profesional hay dos hechos que culminan las aspiraciones de todo profesor: fue designado -en 1945- Miembro de Número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, bajo la presidencia del Dr. Joaquín S. de Anchorena. Posteriormente -en 1976 mientras presidía la Academia el Dr. Antonio Pires- recibió el título de Académico Emérito, distinción sólo otorgada a aquellos Miembros de destacada actuación académica.

Al incorporarse ocupó el sitial del Dr. José María Quevedo y en esa ceremonia destacó los aspectos relevantes de la actuación de éste, en particular los estudios sobre epizootias del ganado bovino, compendiados en su obra clásica sobre la tristeza en esa especie. Puso también de relieve la acción desarrollada desde su cátedra de Anatomía Patológica.

Tras reseñar así los méritos de su antecesor, Solanet cumplió las fórmulas académicas refiriéndose parcialmente a un capítulo de su obra integral “Capas del yeguarizo criollo”, emitiendo entre otros los siguientes conceptos: “En una patria como la nuestra, hecha a lomos de caballo, no es de extrañar que media docena de conferencias sean pocas para explicar los pelajes de sus pingos. En efecto, los pelajes criollos son muy numerosos. En su mayor parte, esos vocablos son castizos de vieja cepa del castellano antiguo y el resto, en mayor cantidad, se han originado aquí derivados de aquel idioma o del léxico indígena”. “En esta exposición -agregó- nos ocuparemos de un pelaje: el gateado. Y diré lo que he visto y aprendido en la Argentina y en los demás países americanos”. Se refirió así a la acepción hípica de gateado, a su definición y descripciones y profundizó su estudio cromático. Analizó los valores raciales y afirmó que el gateado existió por ley hereditaria y añadió que por selección natural quedó asegurada su difusión.

Es indudable que mi biografiado alentó un sueño permanente: rescatar los valores del caballo criollo y luchar para que no desapareciera como raza, tras cuatrocientos años de selección natural. Convencido de que el equino criollo primitivo se había adaptado a las condiciones más severas del medio en las planicies patagónicas, tomó la iniciativa de buscar en las manadas de los indios sureños yeguas rústicas y del tipo fijado en su mente, teniendo en cuenta las que habían sobrevivido soportando las más adversas condiciones climáticas. Con los machos siguió el mismo criterio: seleccionó los más fuertes y rústicos y del tamaño por él establecido. Este trabajo lo realizó en manadas de indios tehuelches. Y formó así, sobre esas bases, en su establecimiento El Cardal -6.000 hectáreas de campo en Ayacucho- los anhelados reproductores hasta que en 1922 logró que la Sociedad Rural Argentina aprobara el standard de la raza criolla por él concebido. Desde la apertura del registro hasta la fecha figuran más de 42.000 ejemplares inscriptos.

Un hecho significativo, entre sus iniciativas, fue la hazaña de los caballos “Gato” y “Mancha” que picaron en Buenos Aires y fueron frenados a la sombra de los rascacielos norteamericanos. Aimé F. Tschifelly, oriundo de Suiza, profesor de idiomas del St. Georges College de Quilmes, por intermedio del Dr. Octavio Peró, escribió a Solanet el 22 de noviembre de 1924. Le comunicó que tenía el propósito de hacer un viaje a caballo desde Buenos Aires a los Estados Unidos. Con ello quería demostrar las bondades del caballo criollo, su rusticidad y la adaptación a diferentes ambientes. Solanet estudió el pedido y resolvió atenderlo, proporcionándole al decidido jinete dos caballos de su cría -“Gato” y “Mancha”- que se hicieron famosos en el memorable raid de 15.000 kilómetros que, tras dos años y medio, finalizó en Washington el 29 de agosto de 1928.

Don Emilio era un hombre que quería mucho a sus reproductores y jamás se desprendía de ellos. En una reunión familiar, comenté entre amigos y parientes que le escribiría una carta, solicitándole un criollo de su cría para recorrer el campo que, después de muchos esfuerzos, acababa de comprar. Me trataron de loco, pues no me unía a él una amistad, fuera de la técnica y las frecuentes charlas en la Facultad sobre asuntos de Bovinotecnia, comentando el origen de sus rodeos Aberdeen Angus y la calidad a que había llegado siguiendo un proceso selectivo prolijo y técnico. Cierto día -cual no sería mi sorpresa- recibí una carta en la que me anunciaba el obsequio de una jaca de 1,42 m de alzada, para que montarla no me diera trabajo: fue su nombre “Triunfo Cardal”. A la muerte de este petizo, después de 14 años, le participé un día en Palermo mi tristeza por su desaparición y Don Emilio, palmeándome el hombro, me dijo: – Don Ezequiel, si se anima a hacer domar un potro de mi marca, se lo haré llegar para no tratar de dejarlo a pie. Así fue y el otro criollo que recibiera lo amansó el Dr. Pedro Sarciat, en los pagos de Udaquiola. Una vez manso, fue a mi campo “San Carlos”, en Dolores, donde lo disfruté yo y la mayoría de mis nietos. Estas “gauchadas” de Solanet nunca las podré olvidar.

Entre las actividades del Dr. Solanet están las de un creativo político, iniciado en 1912 como miembro del Comité de la Unión Cívica Radical de Ayacucho, del cual fue presidente durante 31 años. En 1942 formó con Luis Cantilo, Eduardo Laurencena, José María Martínez y Delfor del Valle, la Junta Reorganizadora de la U.C.R. de la provincia de Buenos Aires. Fue vicepresidente del Comité Provincial de dicha agrupación política de 1942 a 1945 y a partir de ese año miembro del Comité Nacional. Como diputado provincial primero y diputado nacional después, presentó numerosos proyectos de ley -luego sancionados- vinculados al quehacer agropecuario, a la enseñanza rural, a la asistencia hospitalaria y en apoyo de entidades profesionales, entre ellas la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria.

Emilio Solanet hombre dinámico, inteligente, honesto y capaz, formador de alumnos, se distinguió como profesor universitario, productor agropecuario, dirigente político y experto legislador. Su existencia se apagó a los 92 años, el 7 de julio de 1979.
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1 Adaptado de “Recordación y semblanza del Dr. Emilio Solanet al cumplirse 100 años de su nacimiento el 28 de abril de 1987” del Dr. Ezequiel C. Tagle (inédito). En: Legajo del Dr. Ezequiel Tagle, Archivo de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria