por el Dr. Daniel Inchausti [1]

Lignières recibe su titulo de médico veterinario, del que tanto se enorgullecía, en Alfort, en 1890. Se especializa de inmediato en bacteriología y enfermedades contagiosas, junto a Nocard discípulo a su vez y colaborador de Pasteur. Sigue, al mismo tiempo, los cursos del doctor Roux en el Instituto Pasteur.

La calidad de tales maestros y la elevada mentalidad del discípulo, dan de inmediato inmejorables resultados. El joven repetidor y jefe de trabajos prácticos de Alfort, se destaca en seguida en su generación; inicia trabajos de aliento. Y cuando un grupo de hacendados argentinos gestiona en Francia la venida de un sabio que estudiara y pusiera remedio a las innumerables epidemias que azotaban al ganado, Nocard no titubea en la elección y señala a su joven colaborador, con la segura vislumbre de sus aptitudes. Es así que llega Lignières al país, creándose al poco tiempo, bajo su dirección, el Instituto Nacional Bacteriológico del Ministerio de Agricultura, que hubo de regir durante 18 años.

Francés de origen y sentimientos, aunque quiso a nuestro país como a su otra patria, fue argentino en sus actividades y en su actuación científica. Fue aquí que efectuó sus mejores estudios e investigaciones, con colaboradores y material argentino; con el estímulo nacional. Y como si en él se verificara una vez más el nemo propheta in terra, fue resistido en círculos científicos de su país. Era, en Francia, un sabio extranjero.

El valer científico de Lignières se reveló, aquí, de inmediato, pues el estudio de la bacteriología y su aplicación a las ciencias veterinarias estaba descuidado. Él inició seriamente y estimuló, por acción de presencia, dichos estudios, creándose un grupo de investigadores argentinos quienes, al seguir sus huellas, obtuvieron brillantes resultados en la lucha contra las enfermedades contagiosas del ganado.

Su labor personal de investigación fue enorme; habría que escribir un volumen, sólo para describirla; ella queda para ejemplo y enseñanza en libros y publicaciones de toda índole. Sus estudios iniciales sobre “pasteurelas”, ponen ya en relieve la capacidad del investigador; sus trabajos sobre enteque, actinomicosis y actinobacilosis, no hacen sino comprobar la alta valía del cerebro que los concibiera y la verdadera calidad de sabio de quien los realizara. No fue tan feliz en sus trabajos para obtener la inmunización contra la llamada “tristeza” de los bovinos; pero el cúmulo de labor realizada en ese sentido, durante más de veinte años consecutivos, pone en evidencia el temple del hombre empeñado en la solución de tan arduo problema. Y piénsese que mientras estudiaba e investigaba los asuntos más difíciles, no dejaba de mano otros igualmente importantes. Así, en los últimos diez años dedica sus mayores esfuerzos al problema de la inmunidad en la fiebre aftosa.

Podemos destacar también, al pasar, sus estudios sobre tuberculosis, el problema de la atenuación de los bacilos humano y bovino, lo que demuestra la multiplicidad de las preocupaciones de este gran espíritu. Son bien conocidas las divergencias que tuvo en los últimos tiempos con el profesor Calmette, uno de los descubridores de la B.C.G., en colaboración con Guerin. Como demostración de su serenidad y riguroso espíritu científico con que afrontaba estos estudios, puedo citar sus propias palabras: “no soy un detractor sistemático, decía, de la vacuna B.C.G.; tengo, al contrario, una admiración sincera por el descubrimiento de Calmette y Guerin, cuyos pacientes trabajos nos han dado una nueva especie de bacilo tuberculoso, muy bien fijado en sus características morfológicas y biológicas”. Y agregaba: “el análisis desapasionado de todo lo que yo haya dicho o escrito sobre B.C.G., mostrará que he buscado exclusivamente la verdad científica”; y continúa: “todo descubrimiento debe afrontar el control severo de la observación y experimentación, antes de ser definitivamente admitido”. Que menos podía decirse, señores, cuando se debatía un descubrimiento tan fundamental.

Todos esos trabajos, unidos a otros como el bacilo de Eberth y los colibacilos, el estudio sobre estreptococos, la clasificación de las septicemias hemorrágicas, lo impusieron en nuestro medio científico y también en el exterior. Es por eso que podía ostentar con orgullo los títulos de académico, en la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, y en la Academia Nacional de Medicina. Los mismos títulos podía invocar en Francia donde era, a la vez, miembro de la Academia de Medicina Veterinaria de Paris y miembro de la Academia de Medicina en la misma ciudad. Sus trabajos beneficiaron por igual a ambas ramas de la medicina.

En las academias, en la Facultad de Agronomía y Veterinaria, donde desempeñara la cátedra de Bacteriología desde su fundación, en los distintos centros científicos, su acción fue siempre eminentemente destacada.

En su larga actuación profesional y científica tuvo muchos aciertos; si cometió algunos errores, los corrigió con nuevas investigaciones. El balance de su vida de laboratorio, daría un enorme superávit.

Tal fue, señores, el temple férreo, la lucidez cerebral y la alta calidad espiritual del profesor Lignières. Fue un sabio, pero en toda la amplitud del concepto; no en la terminología de circunstancia con que a veces se aplica esta calificación. Sus mismos adversarios científicos, jamás le negaron esa condición, de sabio legítimo, que pudo ostentar con la frente alta. Y hoy, después de su ida por el postrer camino, encuentro toda la razón de sus palabras, a raíz de una polémica científica; “no tengo nada de que reprocharme – decía – estoy orgulloso de lo que realicé en la República Argentina desde que fui llamado a este magnífico país. Tal vez, aún los que aprovechan mi obra, no tienen una idea exacta de la labor realizada; pero tengo fe en el porvenir; algún día resaltará la verdad”[2].

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[1] Versión abreviada del discurso pronunciado en nombre de la Academia en la inhumación de los restos del Dr. José Lignières. Anales de la Academia Nac. de Agr. y Vet. 1:489-491. 1932-34.

[2] El Dr. Lignières  nació el 26 de julio de 1868 y falleció el 20 de octubre de 1933 (N. del E.).