por el Ing. Agr. Ángel Marzocca[1]

Norman E. Borlaug, arquetipo del científico agrícola modesto y sabio, cuyas iniciativas y logros le destacaron netamente sobre sus pares y significaran un ejemplo de generosa contribución al bienestar de sus semejantes, falleció el 12 de septiembre de 2009 en Texas, Estados Unidos, a la venerable edad de 95 años.

De ascendencia noruega, su familia de granjeros-agricultores se había radicado en Creso, pequeña comunidad del nordeste de Iowa, en donde naciera el 25 de marzo de 1914, cursando sus primeros estudios en una modesta escuela rural de un aula única.

Corrieron los años y sus ansias de saber le permitieron aprovechar la oportunidad de ingresar en la Universidad de Minnesota, obteniendo el grado BS con orientación Forestal, iniciando su carrera profesional en el United States Forest Services, siendo destacado sucesivamente en Idaho, Massachusetts y Connecticut. Volvió luego a Minnesota para graduarse como Ph.D. en Fitopatología y fue entonces que pasó a trabajar como microbiólogo en la E. I. DuPont de Nemours & Co. (DuPont), hasta que su país se viera envuelto en la Segunda Guerra Mundial.

Tal fue sucintamente la trayectoria inicial de quien, a partir de 1944 integrado a las actividades pioneras de asistencia técnica desarrolladas por la Fundación Rockefeller en México, como investigador en mejoramiento de la producción triguera de ese país, se convertiría con los años en el hombre que presumiblemente ha salvado más gente en la historia de la humanidad –tal vez más de mil millones de seres de todas las edades- por sus aportes fundamentales en el arduo combate contra el hambre.

En la última mitad del siglo XX, en que desarrollara su máxima actividad, su contribución a elevar la productividad agrícola de países con bajos ingresos y marcado déficit alimentario, resultó excepcional; particularmente en Asia y América Latina. Desde su base en Chapingo, México, en el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), cuya dirección llegó a ejercer, obtuvo la creación de nuevas variedades de trigo capaces de tornar en autosuficiente la producción de la especie en ese país, al conseguir incorporarles caracteres de resistencia a diversas enfermedades y dotarlas de adaptabilidad a diferentes rangos de condiciones climáticas y edáficas que antes limitaban su cultivo.

Estos éxitos se trasladarían más tarde a países como India, Pakistán, Bangladesh y Turquía cuyas hambrunas caracterizaban la pertinaz geografía del hambre y donde, gracias a la obtención y consecuente adopción de nuevas semillas híbridas originadas en cruzamientos con progenies enanas, se alcanzaron producciones fabulosas (en años posteriores a 1975 los rendimientos por hectárea subieron hasta un 250% más) . Las nuevas orientaciones técnicas de Borlaug pronto se trasladaron a otras especies como el arroz y el maíz, permitiendo así superar la secular miseria alimenticia de esos y otros países.

Sus relaciones con la Argentina fueron particularmente estrechas y de gran significancia su asistencia y asesoramiento; durante varios años fueron constantes sus prolongadas estadías en algunas de las estaciones experimentales del INTA –particularmente en la de Marcos Juárez- donde trabajara a campo codo a codo con los investigadores y genetistas nacionales. A su orientación mucho debe el país tanto en lo que se refiere al desarrollo de variedades de caña corta y fuerte resistencia a las enfermedades como a su notable reacción a los fertilizantes nitrogenados, lo que se tradujo en el cubrimiento de gran parte de la superficie triguera cultivada con semillas híbridas producto de tal concepción y a su constante recomendación de rotaciones del cultivo con maíz y soja, todo lo cual produjo la obtención de notables rendimientos nunca antes alcanzados.

El secreto de su éxito fue trabajar seriamente en el laboratorio tanto como ensuciarse de barro o tragar polvo en el cultivo, transpirando junto a los investigadores locales allí donde lo llevara su verdadero apostolado científico; en realidad, poco afecto a las reuniones o conferencias, se sentía más cómodo en el trato cordial y de camaradería con quienes tuvieron la fortuna de trabajar a su lado.

Fiel a su axioma repetidamente expresado que “no habrá paz en el mundo con los estómagos vacíos” y que “habiendo cooperación mundial la humanidad no pasará hambre”, este excepcional científico fue unánimemente reconocido más allá de toda frontera como el cerebro o padre de la que se diera en llamar “la revolución verde”.

El 20 de octubre de 1970 le fue conferido el Premio Nobel de la Paz en mérito a su singular contribución a combatir el hambre en el mundo; éste ha sido el máximo honor recibido por un investigador agrícola de nuestro tiempo. Fue distinguido por numerosas sociedades y entidades científicas del planeta y designado Doctor honoris causa por diversas universidades de las más distintas latitudes. Nuestra Academia se honró al incorporarlo en su seno como miembro honorario con fecha 9 de junio de 1971. Otras de sus destacadas distinciones fueron la Medalla Presidencial estadounidense de la Libertad y la Medalla de Oro del Congreso, considerado el mayor reconocimiento civil de su país.

Quien hiciera del bagaje de sus conocimientos biotecnológicos y genéticos, a través de una inclaudicable dedicación científica y una enseñanza exenta de todo egoísmo, uno de los mas valiosos instrumentos del progreso humano en nuestro tiempo, dejó para la posteridad la imperecedera memoria del hombre que materialmente ha salvado más vidas que cualquier otra persona que jamás haya vivido.

 


[1] Nota necrológica del Ing. Agr. Angel Marzocca publicada en Anales de la Academia Nac. de Agronomía y Veterinaria 63:CVI-CVII. 2009.